
Fila superior de izquierda a derecha Juan de Dios Cisneros E., Gerardo Tovar P, Ary Fernando Bustamante M., Rafael Llano C., Carlos A López A., fila inferior, de inquierda a derecha, Eduardo Gómez B., Juan Raúl Solarte S., Gloria Quintero M, Margarita Medina de C., Gonzalo Orozco V.
Discurso del ingeniero Juan de Dios Cisneros
A Popayán, enero 30 de 2026
Señor Rector.
Señores Profesores (nombres de los asistentes)
Estimados Compañeros
Señores y Señoras:
Me dirijo a ustedes con una emoción profunda, serena y agradecida, en este escenario cargado de historia y simbolismo: El Paraninfo Caldas; recinto donde el pensamiento, la palabra y la academia, han confirmado durante generaciones, su espíritu universitario y que hoy, nos vuelve a convocar en este acto solemne, después de aquel inolvidable 30 de enero de 1976, en el que recibimos nuestro título profesional de Ingeniero Civil.
Medio siglo ha trascurrido desde que, colmados de sueños, ilusión y esperanzas, cruzamos el umbral a la vida profesional. Aquel día no solo recibimos un diploma; recibimos una responsabilidad. En nuestras manos llevábamos un título, pero en el corazón guardábamos algo mucho más profundo: los valores, principios y enseñanzas que esta ilustre Universidad nos inculcó y que marcarían para siempre nuestro destino personal y profesional.
Este aniversario es una celebración íntima, pero también un solemne acto de gratitud. Gratitud hacia esta Universidad histórica, forjada en la tradición académica de Popayán, que desde sus orígenes ha sido semillero de pensamiento crítico, rigor técnico y compromiso ético. Aquí aprendimos que la ingeniería civil no es únicamente el cálculo, el diseño o la construcción, sino una vocación al servicio de la sociedad, una disciplina llamada a transformar territorios y mejorar la vida de las personas.
Y al evocar, con especial cariño, a mi amada Popayán, me introduzco en la ciudad universitaria de faroles encendidos, de paredes blancas y calles coloniales que guardan en su silencio, la memoria viva de generaciones enteras. Ciudad generosa que acogió, con los brazos abiertos, respeto y afecto, a quienes llegaron desde distintos rincones del país, y que supo ofrecerles y entregarles, su historia, sus tradiciones, su cultura, su profundo arraigo universitario y, por qué no decirlo, su inconfundible espíritu bohemio. En sus calles aprendimos tanto como en las aulas; en las primeras, la amistad y la vida estudiantil, y en las segundas, el conocimiento con pensamiento crítico, rigor técnico y compromiso ético, que aún en estos días, recordamos con nostalgia.
Hoy, después de cincuenta años de ejercicio profesional en los diversos campos de la ingeniería —desde la docencia, la asesoría, el diseño y la construcción, hasta el servicio público—, regresamos a este recinto, señores profesores, a rendir cuentas. A entregar, con humildad y legítimo orgullo, el parte de cumplimiento al juramento que hicimos aquel 30 de enero de 1976 ante ustedes y nuestros padres y que hoy lo reafirmamos ante nuestras familias, la sociedad y el país. Lo hicimos convencidos que el conocimiento es una fuerza transformadora, pero que solo adquiere verdadero sentido, cuando se pone al servicio de la sociedad y se convierte en un instrumento para construir un mundo más justo, más digno, más humano.
A los jóvenes que hoy llenan las aulas, recorren estos pasillos y transitan las calles de Popayán, quiero decirles: vivan intensamente cada instante. valoren cada clase, cada reto, cada desvelo. Amen y respeten la ciudad que los acoge. El tiempo pasa más rápido de lo que imaginan, pero lo aprendido aquí los acompañará toda la vida. Y algún día, cuando rememoren el pasado, comprenderán que estas paredes, en su silencio eterno, guardan memoria y también juicio: sabrán exaltar las acciones nobles y dejarán marcada, de forma indeleble, una huella en aquellos que no supieron honrarlas.
A mis colegas y compañeros de promoción, con quienes compartí sueños, esfuerzos y desvelos, mi gratitud más sincera por haber caminado juntos este largo y hermoso trayecto. Y a nuestros maestros, guías pacientes y sabios, nuestro reconocimiento eterno. Sin su ejemplo y dedicación, este medio siglo de vida profesional no habría sido posible.
Permítanme ahora detenerme un instante para recordar, con profunda emoción y respeto, a aquellos compañeros que compartieron nuestro camino y hoy ya no están físicamente entre nosotros: Los apreciados Luis Achicanoy M. y J. Freddy Aguilar M., mi dilecto y querido amigo, caballero a carta cabal, Primo Andrés Cajiao Castrillón; Elizabeth González O., con su sonrisa eterna a flor de labios; Oswaldo Gutierrez M. el compañero de todos y buen jugador de futbol; Carlos Alberto Guzmán V., distinguido siempre por su don de gente y educación;el recordado “Pastuso” Jaime Moreno H.; Hernán Vicente Paz V. patojo por excelencia, guardián de las tradiciones payanesas; Guillermo Edmundo Rivera C., el inconfundible “chorris”, quien nos deleitaba con sus ocurrencias y apreciaciones.
A sus familiares presentes y ausentes, les manifestamos con sentimiento de pesar, que dejaron ellos en nosotros una huella imborrable por su amistad, su compromiso, su entusiasmo, su generosidad, respeto y compañerismo. Su recuerdo vive y vivirá siempre en nuestra memoria colectiva.
Concluyo con estas palabras, que nacen del corazón:
“La grandeza de nuestra Universidad y de la ciudad que la alberga no se mide solo por sus muros ni por sus títulos, sino por la huella que deja en quienes tuvimos el privilegio de nacer y/o formarnos en ellas. Y esa huella, en todos nosotros, es profunda, luminosa y eterna”.
Gracias
Juan de Dios Cisneros


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