Ricardo Medina Moyano, mártir del Palacio de Justicia[1]
La Universidad del Cauca y sus exalumnos deploran su trágico deceso, exaltan sus virtudes y sus nobles actos que contribuyeron a inflamar la flama de su emblema y a enaltecer la divisa: »Posteris lumen moriturus edat”

Ricardo Medina Moyano (1930-1985)
El Capítulo de Bogotá invoca al Alma Mater para expresar al luminoso espíritu de RICARDO MEDINA MOYANO la promisoria oración de Guillermo Valencia, desde el Panteón de los Próceres: “ella os convida a continuar soñando sobre su tibio regazo en la noche titilante de la mortalidad». Oremos y obremos para que su sacrificio fructifique en justicia y paz para los colombianos de buena voluntad.
Recuerdo de un gran magistrado[2]
Por. Tito Mosquera Irurita (Abogado, Universidad del Cauca)
Sin salir todavía de la horrible pesadilla del 6 y 7 de este fatídico mes de noviembre cuando se sacudieron los cimientos de la patria y en increíble holocausto ofrendaron su vida eminentes y abnegados compatriotas, escribimos estas líneas para honrar la memoria de ese gran magistrado y catedrático que fue Ricardo Medina
Moyano, De la hermosa tierra boyacense, Ricardo llegó un buen día a Popayán, atraído por la fama de su pasado glorioso y por el enorme prestigio de nuestra Facultad de Derecho. Desde entonces, quedó vinculado a todo lo nuestro y hasta el momento doloroso de su muerte fue un caucano de corazón que aprendió a querer como pocos a Popayán, a su Universidad, a sus gentes todas.
En el marco de nuestros afectos, se le consideró como un miembro más de la familia, a quien comenzamos a estimar y valorar por todo ese don de gentes que le caracterizó siempre; por esa innata modestia que lo hacía más admirado; por esa caballerosidad que nos recordaba a los hidalgos de otros tiempos. Generoso, altruista, comprensivo permaneció atento al llamado de tos suyos y cuando en sus manos estuvo, no escatimó jamás su generoso aporte al bien de los demás. Proveniente de esas gentes de Boyacá, sanas y esforzadas, Ricardo fue construyendo peldaño a peldaño su extraordinaria carrera sin más padrinos que los libros, ni más propósito que el de administrar justicia rectamente.
Aún lo recordamos, cuando alternaba sus estudios de derecho en el claustro de Santo Domingo con sus deberes de funcionario en la vieja oficina de Correos y Telégrafos del Palacio Nacional, tarea que cumplía con gusto y dedicación para ayudarse a costear sus estudios universitarios. Ese trato afable que mantenía con sus condiscípulos en la Facultad, lo continuaba entre sus amigos telegrafistas que por él sentían verdadero afecto de compañeros como no hace mucho me lo recordaban en Popayán comunes amigos. Fue querido y admirado por todos, porque de todos se hizo estimar, querer y respectar,
Después, ya con su título de abogado brillantemente obtenido en nuestra gloriosa Universidad, inició una fecunda carrera judicial que lo llevó hasta la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, en donde le sorprendió la muerte infame y cruel.
Como juez de la República, como Magistrado del Tribunal Superior de Bogotá, como Magistrado de la Corte, como Profesor en diferentes universidades, en todos esos recintos sagrados dejó huella de su inteligencia, de su vocación al estudio, de su espíritu patriótico, de su inmenso contenido humano, y fue también, a la par que sabio jurista y maestro, amigo entrañable de los libros, de la literatura, de la ciencia en general, de la cultura, de la música, del teatro, manifestaciones que hacían de él un hombre excepcionalmente culto.
Admirable era la pasmosa facilidad de su elocución y la habilidad con que manejaba el estilete del humorismo y la ironía. Bajo cada una de sus palabras se adivinaba al hombre culto y muy leído, que se siente dueño de sí mismo y de las situaciones que afronta. De firmes convicciones religiosas, fue un católico practicante que jamás estuvo ausente de los deberes para con Dios y con su Iglesia. Miembro de familia amantísimo, amigo de sus amigos, funcionario intachable, fue un auténtico apóstol de la profesión que acertadamente escogió para servir los intereses de la patria y de sus conciudadanos.
Como lo expresaba el sacerdote en los oficios fúnebres del ilustre magistrado, cada que parte de nuestro lado un ser querido, un pariente o un amigo, muere con él parte de nosotros; en cada entierro confiamos un pedazo de nuestro yo al ministerio inquietante de la tumba. La muerte forma la otra mitad inseparable de nuestra existencia. Ricardo Medina Moyano ha traspasado el umbral de la muerte, se ha marchado del mundo de los vivos en pos de la esperanza, de esa esperanza que es la luz que trasforma desde la otra orilla nuestras flaquezas terrenales. Pero queda entre nosotros, entre Gladys María y sus hijas, el recuerdo de un gran hombre que supo morir con dignidad en el templo de la Justicia, ese templo que él honró con su espíritu recto y su nobilísimo corazón de colombiano. Paz a su tumba. Bogotá. D E. noviembre de 1985.
“Su carrera fue fulgurante, pero bien ganada”[3]
Por: Tiberio Quintero Ospina (Conjuez de la Corte Suprema de Justicia)
“Los pueblos pueden vivir sin riqueza, sin belleza y hasta sin salud. Vivirán mal, pero vivirán. Y sin justicia no podrán vivir. Si yo no tengo seguridad de que no moriré asesinado impunemente, si no puedo conservar los bienes que he ganado con mi trabajo, si no puedo defender a mi esposa contra la calumnia, si no puedo guiar la formación de mis hijos, si no puedo ejercer libremente mis derechos de ciudadano, la vida no merecerá la pena de ser vivida. Existencia sin justicia es inferior a la animalidad» (Ángel Osorio y Gallardo, El abogado, t. II, Buenos Aires, Editorial EJEA, páginas 16 y 17).
Para que fueran realidad pensamientos tan hermosos como los que hacen parte de este epígrafe Ricardo Medina Moyano consagró su vida a administrar justicia desde recién que egresó de la Facultad de Derecho de la Universidad del Cauca, tierra a la que amó entrañablemente y la que lo contó como a uno de sus hijos, así hubiera nacido en Bogotá y su ancestro perteneciera a Boyacá y Meta.
Cortés, delicado, equilibrado, altruista, señorial, por todas partes dejaba huellas de simpatía y admiración que el amigo siempre confirmaba, Era amable y cordial y sabía compenetrarse de la idiosincrasia de la gente y suavizar asperezas. Si alguien se exasperaba en torno suyo, una oportuna frase o anécdota salida de sus labios desarmaba los espíritus y restablecía la tranquilidad. Pero también tenía a flor de lengua su dosis de ironía para descargarla contra quien sin razón se oponía a sus tesis fríamente maduradas, para quien sin conocimiento de causa se enfrentaba a unas ideas suyas fuertemente para quien pretendiera hacerlo blanco de sus indirectas. Entonces el hombre comprensivo que había en él se tornaba incisivo y cáustico.
Su carrera fue fulgurante, pero bien ganada, sometida a un riguroso ascenso. Juez municipal, de circuito, superior, fiscal de superior, magistrado de tribunal superior, de la Corte Suprema de Justicia (Sala Constitucional). Alternaba su judicatura, sin descuido del cargo, con la cátedra universitaria, especialmente en lo relacionado con derecho público. Era tal el dominio de las materias que dictaba que sus alumnos lo honraron con el título de maestro. y a fe que lo merecía. El distintivo no le quedaba grande.
Cuando Ricardo Medina Moyano aspiró a la Corte (Sala Constitucional) uno de sus integrantes observó que la trayectoria de aquel en la administración de justicia había sido en el campo penal, ante lo cual el doctor Alfonso Reyes Echandía, otro de los grandes del derecho en nuestro país, también asesinado en el asalto al Palacio de Justicia, expuso los vastos conocimientos del aspirante como abogado criminalista, pero destacó igualmente como se trataba, además, de un hombre de serias disciplinas constitucionales, profesor de la materia en las universidades Nacional, Gran Colombia y de los Andes, en donde gozaba de amplia estimación y de cuyas enseñanzas eran producto, unas conferencias que desafortunadamente no se habían editado. Hizo ver el profesor Reyes que la ciencia constitucional no se podía estudiar con independencia de las otras ramas del derecho, por ser aquellas el tronco nutriente de éstas, y que siendo Ricardo un penalista, la Corte requería de sus conocimientos en la Sala Constitucional. Sometido a votación su elección se produjo de inmediato, por unanimidad.
La entidad nunca se arrepintió de este nombramiento. Antes bien: elegido la honró con ilustradas ponencias, con sus brillantes intervenciones en Sala. con la verticalidad de su conducta de lo cual dio muestras fehacientes hasta el último instante de su vida ante los narco- guerrilleros del M-19, psicópatas asesinos que dicen actuar por ideales.
Pero Ricardo Medina no era sólo un gran jurista. También era un hombre culto. Conocía lo mejor del cine en sus noventa años de historia, desde los hermanos Lumiére y Gorges Méliés hasta nuestros días. Sabía de literatura: de novela, de teatro, de poesía. Había leído historia universal y nacional. Estaba enterado de la ciencia de las comunicaciones. Se deleitaba con la buena música. Discutía de artes plásticas.
Sus estudios de yoga de seguro le sirvieron para mantener una perfecta lucidez mental y conservar un total dominio de su voluntad hasta el último instante de su paso por la tierra, no obstante, el círculo dantesco que se cernía sobre él y sus compañeros de la Corte Suprema de Justicia. Su biblioteca, decorada con selectas obras de arte, vate una fortuna.
Era mucho lo que la sociedad, la universidad y la justicia podían esperar aún de Ricardo. Murió en la plenitud de su madurez intelectual, aproximándose a los cincuenta y cinco años. Leía hasta altas horas de la noche. Y al despuntar el alba ya estaba preparando sus proyectos de fallo, meditando en las ponencias de sus compañeros de corporación, ampliando sus conocimientos para la cátedra, elaborando y puliendo sus escritos.
Pero él, dada su investidura, no podía escapar a este drama que estamos viviendo los colombianos, a este drama cargado. además, de graves presagios, de insólitos peligros, de sorpresas sin cuento. ante todo, para el hombre que sabe lo que es asumir responsabilidades, para la autoridad que no trepida en el cumplimiento de su deber, para et juez que antepone el cumplimiento de sus obligaciones al halago, al chantaje, a la extorsión, al riesgo mismo de su propia existencia
Desgraciadamente todo en estas épocas es así: bastan unos lingotes de plomo, cruelmente hundidos en la carne, unas lenguas de fuego vilmente provocadas, los efectos fatídicos de una bomba, para perder al padre más solícito, al más querido familiar, al más noble amigo, a la más gallarda y enhiesta figura.
Para Los que estaban ligados a Ricardo por vínculos de consanguinidad o afinidad, como para sus amigos todos y para los que en espíritu y en verdad aman la justicia, nos es grato recordar, en medio de la amargura infinita que nos causa su prematura y trágica desaparición,
Las palabras del político griego M. Metaxas pronunciadas poco antes de su muerte, ante un corresponsal de guerra americano: “Nosotros, griegos, decía, puesto que somos cristianos. sabemos que, después de todo. la muerte no es sino un episodio”. Este episodio es la historia inmortal del nombre, lo protagonizó él con la grandeza de alma que el Altísimo destina solo para sus elegidos, los mártires, como Ricardo, entre ellos.
[1] Boletín informativo Suplemento No 6
[2] Boletín informativo Suplemento No 6
[3] Asecauca Boletín informativo. Suplemento No 6
*Luz a la posteridad, Jesús Helí Giraldo Giraldo


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