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Administrador: Jesús Helí Giraldo Giraldo. Presidente de Asecauca capítulo Bogotá. asecaucabogota@gmail.com

LOS VALORES ETERNOS DE POPAYÁN

LA ILUSTRE UNIVERSIDAD DEL CAUCA Y SUS ETERNAS ENSENANZAS

Por: Otto Morales Benítez

Otto Morales Benítez (1920 Riosucio – 2015 Bogotá)

Los valores esenciales

Este homenaje, «A la vida y a la obra de un exalumno», que me entregan mi Universidad y compañeros estudiantes con quienes no he compartido ni aulas ni las aventuras vitales, en este ambiente de sutilísimos enjambres de sabiduría en Popayán, la culta, compromete la raíz de mi alegría espiritual. Gracias, que es la palabra que pronuncio conmovido, y que sale del hondo manantial de mi corazón estremecido.

Cuando me he demorado en el examen de mi vida, he comprendido que lo que me ha impulsado, acompañado y se ha vuelto, en mi transcurso humano e intelectual, vibración de amor a Colombia, viene de los valores que, en este medio humanístico, me entregaron sin limitaciones de mezquindad. He escuchado las voces trascendentes de la historia, de la poesía, del arte, de las solidaridades colectivas, de la ciencia de las constelaciones o de la naturaleza, del heroísmo sin alardes, de la estética, del resplandor perspicaz del mundo que aquí retenían sin dejar prosperar las asechanzas contra la libertad y la democracia. Supe cómo era el gobierno cada vez que me inclinaba a comprender cómo es la justicia social para el hombre desposeído. Y cuando afanes litúrgicos que me han asediado, he vuelto a escuchar los campanarios de la ciudad que hicieron sonar, solemnes y concitadores, los prelados que lucían morados de altísima jerarquía y que aquí nacieron. Nada de ello me extrañaba, pues tenía conciencia —aquí ratificada- de que, al comenzar la aventura de la lectura en el Paraninfo de la Universidad del Cauca el día 4 de diciembre de 2003, independencia, un hijo de la «ciudad fecunda» había convertido las palabras en altivas protestas y en «conciencia humana», a través de páginas jurídicas y sociales que abren el portalón de las hazañas de lo que consolidará lo republicano. Aprendí, pues, que el mundo nacional por aquí había encontrado el camino de su propia gloria. Ello crecía en mi conciencia cívica mientras sus cúpulas, las torres, las piedras milenarias, las colinas, el aire y el color de su cielo en las horas de iniciación del crepúsculo, daban marco, a sus seres, para la epopeya. El afán de sabiduría no había debilitado el carácter. El roble y el olivo se tomaban en las manos para coronar la leyenda. Mi imaginación se pobló de mujeres y de hombres que construían, en los diferentes órdenes del poder, de la gloria, de la hazaña y de los dones espirituales—, el destino de la patria.

Regreso en la memoria

Pero permitidme que regrese en mi memoria a las horas que viví en estos claustros y en la ciudad amada. Venía de Riosucio —un lejano pueblo caucano- ya despojado de mi niñez. En mi interioridad algo me empujaba decididamente. Pero era imposible señalar qué era lo que se iba tejiendo dentro de mí como un hilo de araña: incoherencia de la adolescencia; ambición templada; sueños sonámbulos. Era el mundo en ebullición, pues borbotaba un exceso de vida. Estábamos viviendo en el aire de la preliminar primavera intelectual. Popayán en su brevedad espacial, por fortuna, con su aliento cardinal, nos descubría el universo. Atrás, quedaba el pueblo lejano, la casa solariega, la mesa familiar del diálogo, las músicas de diversas tonalidades, el estruendo de las palabras en una cultura popular. La vida que allí también brincaba en versos; el himno del Canaval que se escuchaba en voces de solidaridad. Mis viejos profesores de la escuela y del colegio, iluminado el enmarañado mundo de nuestras ignorancias. Aquello quedaba en lejanía, que no implicaba abandono.

Alumno permanente

Así llegué a estos claustros de históricas lumbres. No he dejado de ser su discípulo. No he abandonado las aulas y si me acompañan detrás de estas palabras, lo comprobarán ampliamente. La vida, el diario acontecer, son mis lecciones desde el alba. Mi casa, mi oficina, el parlamento, la plaza pública, los ministerios, la cátedra, los periódicos han sido, invariablemente, centros de estudio, siguiendo las guías protectoras de mis aulas universitarias. No he dejado de contestar a lista en mis clases, porque he querido combatir «mi ignorancia —que como decía el poeta- es más grande que el mar». No he hecho cosa diferente a buscar mis nortes. Por el país y, desde luego, por la ciudad, caminaba, en esos años, una corriente de izquierda.

La avalaban las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, los marxismos, los socialismos de Europa y los que se incubaban, con caracteres propios, en Indoamérica. Su signo era luz que buscaba destruir las sombras de la miseria, de la injusticia, de la censura, de las limitaciones colectivas. Se pretendía que no persistieran como sistemas que propiciaban grupos humanos. Allí alcanzamos inscripción de novel estudiante. Gozaba de cierto aplomo y de prudencia frente al mundo. Pero, a la vez, nos sacudía el ímpetu y el desvelo. Estaba gozando de la frescura de mi vida y la del mundo. Lo mismo que el colorín del amor complaciente nos llevaba a los ardidos afanes de la pasión. La profusión de morados de la semana Santa Mayor, nos llamaba a las inquietas horas del remordimiento: era una visión litúrgica del pecado.

La «cabeza del tiempo» se movía invitando a escuchar éste. En la Plaza de Caldas, y desde la gobernación, se oían voces que predicaban las mutaciones. En la Casa Liberal —donde fungíamos de profesores para artesanos y campesinos— oradores nacionales y de la ciudad, nos explicaban cuáles eran los fundamentos del estado y de la política.

Lecturas y aventuras mentales

Los primeros libros los recibimos de manos de nuestro padre quien, en sus viajes de negocios, siempre tenía tiempo para visitar librerías, ambicionando adoctrinar a sus hijos. En Popayán compré directamente los iniciales ejemplares. Fueron apareciendo Andrés Bello quien insistía en describir nuestra peculiar naturaleza y en crear un idioma, una ortografía y un derecho para quienes habían nacido más acá del Atlántico. Juan Montalvo —por la cercanía al Ecuador—  nos intrigaba por la pulcritud del idioma y por sus cátedras de desprecio a la tiranía. José Martí por su resplandor en la prosa, en la poesía y en la lucha libertaria, nos estimulaba reflexiones en los diálogos universitarios. Eugenio María Hostos, José Vasconcelos, José Carlos Mariátegui, Gabriela Mistral —en sus prosas de revelaciones, de protestas y de sueños— nos incitaban, y con el ejemplo cercano del ideólogo Eloy Alfaro, a mantener encendida la rebeldía y a no abandonar la cátedra en que se hablaba de Indoamérica y su destino irrevocable. Así se iban despejando mis confusiones. Desde luego, ese mundo lo atravesaba, encendiéndolo de voces agónicas, la poesía. El arte nos comprometía en sus deliquios estéticos. Ello era posible, como se entiende fácilmente, porque había una universidad que impulsaba el goce de los arrobamientos de la inteligencia.

Por los años 36, Federico García Lorca escribió frases que ya nos situaron en lugar donde no predominaban las dubitaciones. El sentenció: «Ningún hombre verdadero cree ya en esa zarandaja del arte puro, arte por el arte mismo. En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas». Esto lo leíamos entre las arcadas de este claustro glorioso de la espiritualidad. Ya quedábamos afiliados para responder a la lista de los deberes del hombre que lucha por alcanzar claridades sociales e intelectuales.

 

Palabras y certidumbres

En las aulas nos preparaban minuciosamente en las dificultades y en el encantamiento del idioma. Nos decían cuáles eran «las aguas madres» en las cuales éste nacía. Y así, sin dejarlo en cesantía, nació mi devoción por las palabras. He tratado de usarlas en lo oral y en lo escrito. Para que supiera cómo es su encanto en la elaboración de páginas, me llevaron aquí, generosamente, a los periódicos. Me dejaron columnas para mis delirios de juventud. Vivía embriagado de adjetivos. Recibí otro título como es el de que el periodista tiene unos deberes éticos y sociales con sus lectores. Veo con alarma que éstos se olvidan, en la época contemporánea, por muchos de mis colegas. Escribía mis verdades, pues debo declarar, perdonándome la jactancia, que las podía ordenar porque en mi vida he gozado de certidumbres.

El laberinto del conocimiento así iba avanzando, limpio de prejuicios. ¿Quién me lo otorgaba, custodiaba e impulsaba? Pues estos claustros que renuevan el asombro del discípulo en cada enseñanza. Ustedes me armaron con atributos que venían de los valores de la ciudad que custodia reverentemente la Universidad. Puede, entonces, seguir la frase de María Zambrano cuando manifestaba que sus «pensamientos hablan de amor». Así lo pude repetir indicando que aquellos se inclinaban en devociones a la cultura, a la política, a la vida, al sentido de unión con los otros seres. Así he avanzado, pensando en lo inasible, en lo irreal, en lo inalcanzable, en lo rumoroso del viento. Para actuar de esa manera necesitaba venir, como me ha acontecido a mí, de una Universidad donde el sueño de la grandeza era un deber de identidad con las glorias cabales de lo que ha engendrado e impulsado la ciudad que se custodia.

Lentamente, la escritura me fue poseyendo. Lo que he escrito, pensado y, para lo cual he buscado ideas y palabras que se articulen, ha tenido como primer norte el de Colombia, que está en la raíz entrañable de Popayán, la culta, y que fluye de su manantial limpio de escorias. Es, pues, como entrarse en la propia esperanza.

Creencias de las generaciones

Cada generación cree que con ella comienza la historia. Por ello mismo se renuevan los impulsos, las vigilias y las hazañas. Así es porque la inteligencia obra sobre circunstancias sociales, políticas y económicas, en cada ocasión diversas y así se despiertan las esperanzas. Pero ya el ejercicio vital demanda fe y humildad. Que aquélla no desaparezca y que ésta ampare el río fidelísimo del transcurso humano.

La nuestra, y lo cuento aquí, tuvo que realizar un esfuerzo de concienzudo estudio para salir inmune del asedio de fascismos, nazismos, franquismos y estalinismos. Es proeza que agiganta el alma. Caminamos sólo siguiendo los pasos del pueblo. Nos desesperaba —como hoy también- ver cómo a éste le crecía la miseria y cómo se instalaban, en su vida, las fuerzas ciegas que tratan de arrasarlo. Como nos atormenta y desasosiega, porque ello hunde a la comunidad, llegar a la decadencia política que culmina en la corrupción, comprometiendo a las masas en la desesperación democrática.

A mi grupo, lo han azotado los dolores colectivos, nacionales y universales. Por cierto, los más graves: guerras, violencia colombiana dirigida desde el poder y, después, por actores bárbaros.

Lo mismo que crecieron el marginamiento y los delitos de opinión. Se nos cambió el equilibrio poblacional, pasando éste del campo a la ciudad. Hemos asistido y padecido los inventos más extrañamente dramáticos: desde la bomba atómica, hasta la píldora para detener el proceso de la vida, o la clonación para reproducirla sin participación de la ternura. Y apenas mencionamos hitos.

A la vez, hemos escuchado voces, propósitos, proyectos y creación de instituciones para la confraternidad universal. No anduvimos ciegos, porque aquí, en los claustros centenariamente ilustres desde que los fundó Francisco de Pauta Santander y los regentó su amigo don Joaquín Mosquera, nos dieron luz de entendimiento. Esperamos que por actos torpes de nuestro actuar, no la hayamos apagado para otros. Lo que podemos declarar, jubilosos, es que a nosotros sí nos ha alumbrado, conduciéndonos.

Integridades

Hay unas clases que no se califican en los claustros. Pero son las que nos permiten transcurrir en la vida con decoro. Aquí, ellas se reciben en la academia y en el deambular diario. Podríamos hablar de algunas, porque son demasiadas. La primera, conservar siempre, en cada acto, la integración del pensamiento con la vida. Integridad del soñar y del obrar. Integridad de lo humano y del desvelo cotidiano. Son las conductas que nos entregó, en plena adolescencia, Popayán, la culta.

Mi vocación de intelectual —y excusadme la pretensión de la palabra que utilizo— es otra lección de esa vida que con ustedes compartí. Me indicaron que es buscar, por los medios más singulares, estar en quicio con la gente que nos demanda más fidelidad a su destino. Así deviene uno en educador social. No nos pertenecemos, por lo tanto. No nos podemos unir al silencio cobarde o astutamente escogido para no tener postura clara frente al destino de nuestros compatriotas. Porque no se debe intentar pensar sólo por complacencia espiritual. Al contrario, la inteligencia tiene y debe ampliar su destino. Los seres pertenecen a la hermandad comunitaria. Los deberes morales y la función crítica nos comprometen diariamente. De resto, es abandonar la realidad para buscar el destello de una estrella indeterminada en el horizonte.

Poder sobre hombres y cosas

Lo mejor de este homenaje al exalumno, es que me han retrotraído a la mejor época del existir: la adolescencia frutal y floral en la cual se van descubriendo los caminos del mundo. Aun cuando debo declarar con pudor que en mi vivir las diferentes etapas, han sido generosamente cálidas. Es una suerte humana insuperable.

En el transcurso humano, he dispuesto de poder sobre hombres y cosas. Me observo en la hondura de los actos y no le fallé a los seres en la dimensión del respeto de su condición humana y a muchos ayudé a conformarla en la plenitud de su ambición. Lo inanimado, me ha servido para apoyar las demandas vitales, sin desmejorar su presencia ante el cúmulo de urgencias de la naturaleza No me comporté obedeciendo, únicamente, a los determinantes principios de la técnica sin que se me olvidara que detrás estaba el hombre en sus dramas y en sus alegrías. La existencia para mí no obedece, ciegamente, a un instrumental técnico. Hay en los actos un destello de amor que gobierna con su fuerza espiritual. La racionalidad de los artefactos no puede detener la vislumbre de comprensión del hombre- Estos valores los aprendí en la Universidad y su prolongación que son las calles de Popayán, la culta. Es decir, ustedes me han guiado frente al deslumbramiento incitante del universo. Aquí, nos interrogábamos si lo técnico científico podía cancelar el tintineo creador de la aparente débil y parva fuerza intelectual. Nos inclinaron nuestros profesores hacia la imaginación y comprensión del mundo, hacia su libertad y sus posibilidades de rescatar el aliento idealista entre el estruendo de máquinas y agobios científicos utilitaristas. También nos repitieron la asignatura de que nada se resuelve si no hay unas instituciones que, democráticamente, organicen el tramo social de la confianza colectiva. Esta no se puede despertar, ni organizar, ni impulsar, ni hallar soluciones en la intolerancia totalitaria. Precisamente —lo recuerdo bien—, en la plaza mayor caminamos con ademán y con voces broncas, protestando contra las durezas políticas de esta aberración política. Me dieron, pues, lecciones para la conducta en el comportamiento ideal del humanismo, de la política y de la colombianidad. Ello iba unido a aquellas clases donde se repetían palabras cabalísticas para el comportamiento del existir: autonomía intelectual, comunicación libre, aliento crítico y ardor detrás de nuevas aventuras culturales para enriquecer el ambiente de los conciudadanos, los de aquí y los de allá, pues todos nos confundimos en principios de confraternidad.

Nuevas enseñanzas

Popayán, la culta, que mantiene una sutil armonía y entrelazamiento entre sus clases dirigentes y su masa, también nos acostumbró a que, fuera de las aulas, la cultura popular tenía muchas prédicas que debíamos atender y asimilar en la intemperie. Pero que ellas eran igualmente valiosas en la esfera del pensar, de la sensibilidad y del acaecer de la instauración estética. No era solamente humilde predicamento, sino honda revelación de la indiscutible inteligencia de nuestro pueblo.

Pasábamos en la política, que aquí comentábamos en las horas más disimiles, soñando en una justicia social extendida; unas mujeres volcadas a la cultura y al denuedo nacional. Las palabras —las de la historia, de la ciencia, de la poesía, del heroísmo, de la estética local Y universal— nos custodiaban. Era nuestro deber buscarles su sentido y su alcance. La oral y la escrita, me han acompañado; me han dado fuerza y frenesí.

En mis recuerdos no hay nostalgias, ni penumbras equívocas, ni me duelen las horas del asombro. Las traigo hacia mí, como en esta hora de hondo arrobo, y se me inflama el corazón.

Se habla del «recuerdo de los espacios»: muchos me acompañan ahora y siempre en mis aulas y en la ciudad señorial. La idea de la libertad estaba en las más agudas lecciones de los deberes sociales y traía el aliento mágico del Quijote, que por aquí anda enterrado, según la leyenda. Me tocó vivir con un pueblo huracanado con jefes que comprendían sus dolores comunitarios.

Siempre aparecían afincados los valores de honda y fiel estirpe. No andaban en trashumancia. Así íbamos buscando la unidad en los más diversos aspectos. La verdad era un compromiso del carácter, pues no puede ofrecerse en el comercio de postores inescrupulosos. Como, también, lo esencial es el hombre y lo que de él trasciende en humanidad. Nos tocaban las alas de la inmortalidad porque ellas se sacudían en la historia trascendente de la patria, y la crónica de los hechos —que se repetían en las diferentes escenas de la enseñanza— tenían el resplandor que se vuelve deliberada vocación de libre albedrío. Así nos ayudaron a integrar la conciencia nacional.

Nos damos cuenta que aquí nunca se han cerrado las matrículas ni en la Universidad ni en la ciudad de hazañas y leyendas. Me siento, otra vez, caminando desde la casa de doña Josefita Chaux, donde vivía, hacia la puerta que da a la plazoleta de Santo Domingo. Escucho la campana que nos llama a clases. Repito en esta hora de emocionado recogimiento: Señor Rector: ¡¡¡presente!!!

Bogotá, Barrio «El Refugio», 2003

Fuente: Luz a la Posteridad, Jesús Helí Giraldo, Amazon 2019

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