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El tratamiento a los niños y las Relaciones Sociales

El tratamiento a los niños y las relaciones sociales*

Por: Jesús Helí Giraldo Giraldo

Alvin Toffler, en la Tercera Ola, nos cuenta: “Un airado hombre de 24 años, llamado Tom Hansen causa sensación por una insólita demanda presentada en Baul­der, Colorado (U.S.A.). Los padres pueden cometer erro­res, aducía el abogado de Hansen, pero deben responder legalmente —y económicamente— de los resultados. Así la acción judicial de Hansen reclamaba 350 mil dólares por concepto de daños y perjuicios sobre una base legal sin precedentes: «Ineptitud parental».

Informaciones periodísticas nos hacen saber que en Suecia los niños pueden llevar a sus padres a la Corte para que sean sancionados cuando éstos les infligen castigos severos, les tiran las orejas, o los someten a lo que la ley sueca llama «tratamiento denigrante». Cuando un padre produce en su hijo dolores que no pasen instantáneamente o lo trata en forma degradante, puede ser requerido por la policía o por las autoridades de Bienestar Social. Mientras tanto en Colombia muchos niños son some­tidos a bárbaros tratamientos sin que nadie proteste. Los castigos físicos y las torturas no parecen propias del mun­do actual. Claro que en muchos hogares ya ha comenzado a imponerse una actitud más civilizada y más humana en la manera de tratar al niño. Sin embargo, el castigo físico aún prevalece en muchos hogares; los malos tratos y opro­biosas sanciones son muy comunes. Indefensos niños están expuestos a la falta de educa­ción de padres que vuelcan su estado de ánimo —provoca­do por dificultades conyugales o laborales— en actitudes hostiles hacia el menor. También se exponen a padres déspotas que los tratan como si fuesen enemigos, y arre­meten violentamente contra ellos ante la más insignifican­te falta. Incluso el infante que no tiene todavía forma de expresar sus inquietudes, diferente al llanto, sufre por ello permanentes dolores.

«Cualquier persona por tirana que haya sido merece ser respetada», dice Amnistía Internacional. Puede uno preguntarse: ¿Qué tan cruel ha sido un niño para que se le irrespete y torture? En la forma de impartir órdenes a sus hijos los padres contradicen el lógico concepto de la vida social que no ad­mite en la actualidad formas esclavizantes en las relacio­nes sociales y en el trabajo. Capataces con látigo en mano que azotan a los esclavos en las minas, no son hoy comu­nes. Lamentablemente esa actitud es la que se puede obser­var en algunos hogares donde niños indefensos son so­metidos a crueles tratamientos. El padre que castiga severamente a su pequeño hijo —causándole una sensación de temor permanente— está formando un ser tímido a quien siempre le acompañará el miedo y la inseguridad ante cualquier situación que tenga que afrontar; será además poco hábil para tener sus pro­pias iniciativas y defenderlas. Su seguridad estará en la sumisión y la dependencia por muchos años, cuando no por toda la vida.

Los hombres que golpean a sus hijos y que tratan mal a sus esposas son, en la mayoría de los casos, seres acomplejados y cobardes que ante sus jefes y autoridades en general son incapaces de cualquier reproche y se les someten incondicionalmente, lo mismo les sucede ante sus compañeros, no tienen capacidad de sobreponerse. Entonces, esa situación interna- demostrativa de debilidad- tratan de equilibrarla mediante sus actuaciones “duras” en el hogar. Este es un fenómeno que los sicólogos llaman “equilibrio interior”. Por tanto, un buen trato a los obreros y subalternos podría traducirse en mejores relaciones hogareñas.

El niño tratado en forma violenta reacciona análogamente. Y aunque inicialmente esa reacción pueda ser pasiva, se van acumulando una serie de rencores y venganzas que más tarde volcará en sus hermanos menores y en las personas más débiles. En estas condiciones es imposible alcanzar la paz.

Tratando a los niños como racionalmente lo merecen podemos esperar una sociedad con menos traumas, lo cual permitirá adelantar positivamente cualquier labor de convivencia humana. El afecto procura estados de ánimo que permiten mantener el espíritu alegre y confiado, lo mismo que un corazón abierto a la comprensión y a la solidaridad entre los hombres.

El niño no es una cosa inerte, no es un objeto más. El niño es una persona que merece tratarse con respeto, sin ignorar su capacidad intelectual. Es importante saber cómo se desarrollan e integran las células del cerebro humano. De ello depende la capaci­dad intelectual de las personas. En «El desafío mundial» nos hablan de diez mil millones de células diferentes en el cerebro humano; otras investigaciones revelan diez millo­nes de células nerviosas. En partículas tan pequeñas, determinar el número exacto siempre será un gran desafío. No importa tanto el número: lo importante es saber que, a los 6 meses de nacer, la integración de las células se da en un 50%; a los 3 años de edad, esa integración es del 80%. Por tanto, el niño de 3 arios tiene el 80% de la capacidad de la edad adulta. Entonces tiene derecho a que respetemos su inteli­gencia y lo «tengamos en cuenta”; hay que hablar con él sinceramente, tiene derecho al diálogo.

Actualmente hablamos de diálogo. Ese diálogo debe empezar en los hogares; entre padres e hijos. Los herma­nos entre sí deben dialogar. El diálogo exige comprensión; hay que entender a los niños, no olvidando que los adultos tuvimos infancia también. El diálogo debe darse en tal for­ma que abra el camino a los infantes y los encauce a bus­car su propia realización, recordando que ellos tienen sus propios pensamientos y por tanto precisan de compren­sión y libertad. Aceptando en esta forma la relación con los niños nos acercamos al verdadero concepto de la per­petuación de la vida a través de cada hijo, con plena liber­tad e independencia.

*Giraldo Giraldo Jesús Helí. El niño colombiano frente a la crisis educativa, Tercer Mundo Editores, Bogotá 1982

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