Entre sus principales objetivos específicos destacamos: propender por el brillo y prosperidad de la Universidad del Cauca, ser vínculo de cultura a través de todos los medios de difusión del pensamiento, procurar el mejoramiento espiritual, intelectual y material de sus asociados, velar por el cumplimiento de la moral y por el prestigio profesional y humano, fomentar el espíritu de compañerismo y solidaridad de los egresados de la Universidad del Cauca, contribuyendo a su defensa y exaltación.

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Administrador: Jesús Helí Giraldo Giraldo. Presidente de Asecauca capítulo Bogotá. asecaucabogota@gmail.com

Esa fuente no se agota

Por: Jesús Helí Giraldo Giraldo.

Este cuento hace parte del libro Antología de cuentos Posteris lumen moriturus edat*

Universidad del Cauca


El lema de la Universidad del Cauca, Posteris Lumen
Moriturus Edat, (El que ha de morir, deje su luz a la
posteridad), impregnó mi personalidad desde la primera vez que pisé el claustro, su marca sigue vigente aunque hayan pasado tantos años, cumplir esa visión constituye un propósito perdurable en mi existencia. Dejar luz a la posteridad, en un contexto relacionado con el servicio a los demás, la gratitud a la vida y a la universidad, es el motor que despierta la visión y la proyecta de manera trascendente, sobre todo, al leer en las paredes del antiguo claustro,
cuando ingresé a esta institución, los nombres de quince presidentes de Colombia egresados de la histórica universidad, reto inmenso y estímulo constante para quien aspire a la grandeza.
Al concluir mis estudios en la Facultad de Ingeniería Civil sentí el peso de las responsabilidades con el alma mater, desafío inmenso, pero no imposible de cumplir por estar apoyado en los valores y principios que la orientación universitaria supo inculcarme con visos éticos refulgentes que volaban desde una antorcha en ondas trascendentes. El momento de graduación constituyó un transporte imaginario al gigantesco horizonte del futuro, en difuso paisaje brillaba
el resplandor luminoso del desempeño profesional y en él sobresalía una señal de regreso con manojos de gratitud en la memoria repleta de valiosos recuerdos.
La ceremonia de graduación constituía el ascenso al
escalón soñado en los años precedentes, lleno de orgullo leía en el rostro de mis compañeros la misma sensación.
Mientras el Paraninfo escuchaba las palabras de las
autoridades universitarias, una panorámica se apoderaba del horizonte ceremonial, el óleo del maestro Martínez, payanés, quien en cincuenta y tres metros cuadrados reflejó la vida nacional. Un grandioso y apoteósico canto a la ciudad domina el escenario, exalta la emoción y estremece los
sentimientos, la historia de Popayán y de Colombia, de
indígenas, negros y blancos, esclavos y esclavistas, las
autoridades y el pueblo, el quijote y el sabio. Un ángel
desciende de lo alto con la luz enviada por el espíritu divino para que fijemos la mirada en las alturas, arriba y adelante, siempre, si queremos dejar luz.
Recitaron mi nombre y el de varios compañeros, de la
mesa principal regresamos con el diploma en nuestras
manos, merecido homenaje a los sueños, luchas, esperanzas e ilusión, cada graduado y su familia compartían la emoción expresada en regocijo intenso.
–¡Lo logramos, lo logramos¡
En alborozada exclamación los nuevos profesionales nos confundimos en la dicha por la culminación de los estudios y el logro de la meta. En un círculo, con los diplomas en el centro, encendimos el regocijo que nos unió en la felicidad, la alegría se opacaba a veces por la nostalgia de la despedida.
Contagiamos con la misma sensación a los familiares
provenientes de diferentes regiones del país, la emoción era momentánea, la interrumpimos para enfocar nuestro interrogante en el qué hacer, la experimentación de lo aprendido en la facultad, ir de la teoría a la práctica, aplicarla en beneficio de la humanidad y el crecimiento del país,
honrar a la Universidad y a los profesores que nos
compartieron su saber con gran paciencia.
Entregué el diploma a mi padre, acompañado de mis
hermanos y familiares, todos celebramos, mi progenitor lo hizo con lágrimas en los ojos al ver el primero de sus diez hijos alcanzar un título universitario, en medio de la felicidad nos movíamos hacia adelante y hacia atrás, en círculo, sin parar, apretones de manos y felicitaciones dominaban el ambiente.
Era el 7 de abril de 1978, varios años antes había llegado a Popayán a continuar los estudios iniciados en la Universidad del Quindío, la graduación debió ser el año anterior pero una huelga universitaria en protesta por falta de recursos financieros mantuvo en paro a la Universidad del Cauca desde mediados de 1977, año en el cual cumplía 150 años de historia, desafortunada forma de celebrar, la universidad
pública siempre expuesta al desamparo y desinterés de los gobernantes.
En un momento de meditación reflexiva, absorbido en un afán libertario y justiciero, la gratitud unida a la emoción del momento, despertó en mí el compromiso de organizar un grupo de profesionales para ayudar a la universidad. Me aterrizó de nuevo la invitación familiar.
–Vamos a celebrar-, dijeron mis hermanos, lo hicimos en un salón social cerca de la universidad, antes de partir hacia Buga, el Señor de los Milagros y mi madre, Susana, cuyos restos óseos reposan en un osario al pie de su altar, los inspiradores de mi éxito, recibían mi presencia agradecida, respuesta a lass peticiones expresadas en el pergamino recibido en la Universidad del Cauca. En casa de mi hermana Gloria disfrutamos el éxito alcanzado, continuamos el festejo en el Quindío. Añoranza, mezclada con ilusiones, constituía
un menú para el espíritu en un transporte imaginario por los senderos recorridos, las expectativas surgían sobre el desconocido mundo de la competencia profesional y el mercado laboral. Hermosos y nostálgicos recuerdos del amor filial surgen ante la ausencia de algunos actores de ese momento que partieron definitivamente, lleno de gratitud y
amor los evoco diariamente.
–Me voy para Bogotá, unas cortas vacaciones me caerán muy bien–. Con esas palabras me despedí de mi padre a la siguiente semana, la dificultad de encontrar un buen trabajo en la región, saturada de ingenieros y con las pocas opciones laborales sujetas al poder politiquero no ofrecían buenas perspectivas.
Visité un instituto de construcciones escolares, dejé la
solicitud de trabajo y volví al Quindío, ocho días después recibí el nombramiento como ingeniero de la institución, precipitando la partida para iniciar mi vida laboral en la capital de Colombia.
Uno de los primeros actos fue inscribirme en la sociedad que agrupa a los ingenieros de Colombia, fuera del diploma de grado, pertenecer a esta agremiación amplificaba la confianza en mi carrera. Traté de organizar una asociación de profesionales para cumplir lo prometido en el paraninfo, esto no pasó de los primeros pasos, otra convocatoria
llenaría mis expectativas.
Un aviso en un periódico nacional revivió el interés por
los asuntos relacionados con mi universidad: -la Asociación de exalumnos de la Universidad del Cauca invitaba a los egresados residentes en Bogotá a asamblea general, el 28 de septiembre de 1978 en la carrera 7 con calle 12. Mi mente se situó de nuevo en el momento de graduación y en la meditación con el sentimiento de gratitud, su cumplimiento se perfilaba a través de la asociación creada un año antes.
Cien pesos pagué por la inscripción, mi nombre resultó
electo en la nueva junta directiva, honor muy grande para un recién egresado, compartir con exalumnos de renombre nacional: presidente del Senado, magistrados de varias Cortes, consejero de Estado, un médico de la real academia inglesa de cirugía y otros egresados, como yo, con más juventud y menos experiencia.
En el mismo año, 1978, el nuevo gobierno nacional
vinculó a varios egresados de la Universidad del Cauca, convirtiendo a la asociación en una institución cercana a los poderes del Estado por la vinculación de exalumnos en altos cargos oficiales y por la cercanía de nuestra sede a la plaza de Bolívar, comparecen allí el Capitolio Nacional, Alcaldía de Bogotá, Palacio de Justicia, la Catedral Mayor y Palacio de Nariño, sede presidencial.
–Tenemos que exaltar a los egresados–, había dicho uno de los miembros de la junta directiva, así quedó estipulado en los Estatutos. Entre 1978 y 1979 fueron muchos los motivos de celebración gracias a las altas responsabilidades de unicaucanos en el gobierno nacional: Designado a la presidencia de Colombia, Secretario presidencial, Comandante general de la Fuerza Aérea y Gerente general de la Caja Agraria, Gerente Administrativo de la Federación de
Cafeteros, magistrados, entre los más destacados. Dos
miembros de la lista anterior elevaron a diez y siete el
número de presidentes de Colombia graduados en nuestra Universidad del Cauca.
Verdaderos ejemplos del legado de luz que pregona el
lema universitario honraron el significado visionario de los padres de la patria, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, al fundar nuestra alma mater en 1827 dejaron establecido el interés de formar profesionales para dirigir la vida nacional independiente, preparar a los dirigentes
públicos que la naciente república requería, estos egresados estaban respondiendo al sueño de los libertadores fundadores.
—Con egresados en esos cargos tan importantes no hay razón para que la Universidad del Cauca sufra por falta de recursos, la crisis financiera del sesquicentenario aún continúa, debemos tocar las puertas del Estado y me parece, en estos momentos, que el Secretario de la presidencia es el personaje más apropiado para gestionar los auxilios financieros requeridos–, así me referí, en la primera sesión de junta directiva en el año 1979.
—Tiene mucha razón—, dijo el presidente de Asecauca y lo reafirmó el redactor de los Estatutos, recordando que uno de los objetivos de la asociación es propender por el brillo y prosperidad de la Universidad del Cauca.
El Secretario de la presidencia de la república, nos
atendió en el palacio presidencial y por solicitud suya
realizamos sesión de junta directiva en su oficina. Yo no salía del asombro al pisar por primera vez la sede presidencial de Colombia, lo mismo les sucedía a algunos compañeros de junta, en un pequeño recorrido visual mis ojos se llenaron de historia y mi mente de expectativas: ocupar las sillas de los ministros me condujo a los sueños infantiles cuando jugábamos, hermanos y vecinos, a ser grandes, con dificultad
me concentré en el presente y escuché con atención al
importante anfitrión, una vez terminó el presidente de
nuestra junta de explicar el motivo de la visita y dar los agradecimientos por la entrevista.
—Bienvenidos amigos de Asecauca, ustedes representan a los exalumnos de la Universidad del Cauca y merecen mi atención y agradecimiento por la misión que cumplen, ofrezco toda la colaboración con el fin de asegurar una buena partida presupuestal para la Universidad del Cauca, hablaré con los ministros de Hacienda y Educación con el fin de
lograr su compromiso y sacar a la Universidad de la crisis, gestionaré, además, con el resto del gabinete ministerial, por ser yo el Coordinador del Consejo de Ministros me resulta más fácil, ahí en esas sillas que ustedes ocupan se sientan ellos semanalmente–.
Saborear el café que una empleada colocó al frente de
cada uno relajó un poco nuestro estado emocional y
seguimos atentos y reflexivos.
–Yo soy payanés, fui gobernador del Cauca, soy egresado de la Universidad del Cauca, mi padre fue su rector, mi compromiso con la institución es muy grande, claro que voy a ayudar en esto y en lo que más pueda, nuestra Universidad se lo merece–, fue la respuesta y conclusión de la visita.
La junta directiva, en esta misma sesión me comisionó,
con otro de los directivos, para acudir a la Dirección de
Presupuesto a plantear las conclusiones de lo tratado, el Secretario presidencial prometió adelantar gestiones
internas para acelerar el proceso. Los funcionarios
anfitriones nos recibieron cordialmente y prometieron dar inmediato trámite una vez llegara del ministerio de Hacienda la orden de su destinación.
El resultado de nuestra gestión ante el gobierno nacional se convirtió en un rotundo éxito: en menos tiempo de lo esperado la Universidad del Cauca recibió un significativo aporte financiero, tan grande que no sólo superó las dificultades acumuladas, reflejadas en el sesquicentenario, sino que aseguró su futuro financiamiento a través de un camino exitoso próximo a cumplir 200 años.
En reunión del Consejo superior universitario, celebrado en Popayán el 23 de mayo de 1979, un poco más de un año de mi graduación, se aprobó un Acuerdo, comunicado según oficio # 237, exaltando mi nombre y el de los demás miembros de la junta directiva de la Asociación de exalumnos de la Universidad del Cauca Asecauca capítulo de Bogotá.
–Reconocen la labor para obtener del gobierno central
soluciones a la difícil situación del claustro y manifiestan en nombre de la Universidad, de Popayán y del Cauca gratitud sincera y solicitan que el interés en tan nobles gestiones sea constante.
La respuesta a nuestra solicitud, por parte del Secretario de la presidencia de la república, fue la luz que iluminó la salida a la crisis universitaria, fortaleció su esperanza y conmovió la gratitud de quienes, desde Bogotá, seguíamos comprometidos con la Universidad, justa y apropiada respuesta a los principios inculcados en sus aulas y a la visión de liderazgo implícita en el lema: Posteris lumen moriturus edat, El que ha de morir deje luz a la posteridad.

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