Por: Omar Morales Benítez*. cuento tomado del libro Antología de cuentos

–¡Qué vida perra ¡¿Sabe con lo que me sigue saliendo el compadre Elías?
–A ver, ¿con qué cantaleta le sigue molestando?
–Cómo le parece que me dijo que debíamos irnos ya, pues nos podrían pasar cosas muy malucas con los unos o con los otros.
–¡Carajo! Ya basta de tanta repetidera, si nosotros no nos metemos con nadie, ¿entonces enemigos de quién?
–No entiendo, mujer. A estas alturas tengo muy revuelta la pensadera, ¿cómo así que nosotros, los unos y los otros no quepamos en esta tierra tan grandota?
–Pues hablemos con los unos y con los otros.
–¡Cómo se te ocurre mija¡ Ellos no saben sino disparar! Quítese de allí y punto.
–Entonces nos quejamos a la autoridad. –¿Cuál autoridad? Aquí uno no sabe quién manda. Y si la hay, o está con los unos o con los otros.
–Bueno, en alguna parte debe haber justicia.
–¿De qué me estás hablando? ¡Qué justicia ni qué ocho cuartos¡ –Yo entiendo que la justicia es que nadie se mete con uno y uno no se mete con nadie.
–Vea, nos jodió esta soledad, que no le permite a nadie ayudarnos.
Mientras Israel hablaba, con lágrimas a flor de ojo, que se hacía más brillante con la luz mañanera, rezongaba con ánimo desfallecido y unos calambrosos corrientazos de miedo.
–¿Así pues, nos tragó la tierra?
–Sí mija y nos están trabajando para aterrorizarnos, pero no me dejo, no sé cómo, pero eso sí con cojones–. El abuelo decía que el hombre que anda armado es porque algo teme, algo ha hecho mal o algo debe.
–¡Cómo era de distinto todo antes de que llegaran los unos y los otros¡
–Sí mija, se vivía sin miedos, con la confianza en el vecino, sin temores a echar pata por caminos y veredas, con las noches dormidas sobre su lecho de sombras.
–¿Qué es lo que pasa entonces?
–Qué a esos extraños les dio por volverse campesinos de un día para otro, sin compra ni paga. Era una y muchas máscaras las que iban y venían por entre las breñas, los desfiladeros, la alta montaña. Como en un carnaval de la ira, nadie sabía quién era quién. Todos decían que era la justicia social, la ley, el orden y que cuidadito les daba por apoyar a los otros porque so era traición. Pero el cómo era distinguir entre una y otra máscara, si eran tan iguales en matar, torturar, desaparecer y desalojar de las tierras. De toda suerte a esa clase de vida se había llegado sin que nadie la hubiera llamado. Seguir en la labranza como si nada porque no quedaba de otra y como para que esa vida no torciera los sueños.
II
El compadre Elías viendo que Israel se enconchaba en lo suyo, con profundas cargas de convencimiento lo amonestaba: Israel, por aquí siguen pasando cosas terribles, los unos y los otros se están tomando la región, pero sin que haya un solo totazo. Parece que se temen y guardan distancias. Israel, piel oscura, talla mediana, rostro recio aguantador de soles y lunas, tenía demasiadas preguntas en la cabeza, ya que no entendía por qué unos extraños querían a toda costa sacarlo de lo propio. El compadre le repetía:
–Ya se han encontrado muertos, castigados a tiros y nadie vio ni oyó. Luego de mucho rato aparece un funcionario y sanseacabó. Y eso, Israel, cuando no es alguien desaparecido, como si lo hubiera ojeado el diablo. Y vaya usted a ponerse en averiguaderas para que tenga que salir a perderse como perro apaleado.
–Israel: esto está mucho feo, porque los unos y los otros dicen que son la ley dizque pa’mejor. Y si usted se descuida queda engrampado, porque resulta auxiliador de los unos o de los otros o de los dos pa’pior. Vea a ver cómo se las arregla con esta lotería, que ya se la ganó, cuando le hagan la visitica. Israel lo más grave es que están hambrientos de tierra y van por todas partes señalando lo que les gusta.
En medio de su natural calladez y no sabiendo más que jornalear, que le iba a caer en gracia que es mejor que se vaya, que abandone lo que es suyo porque de pronto se puede quedar frío y sin respiro. Que unos aparecidos lo consideraran a uno como el entrometido, que qué hace usted aquí. Miraba el rancho, el estadero familiar construido para albergar alegrías y tristezas, el pan bueno, los trastos y los trebejos de la labranza, todo con el aire de una buena compañía y le escocía la incertidumbre. –Me duele repetirle, Israel, pero usted no le cae nada bien a esa gente.
III
Abandonar la tierra era como desprenderse de un hijo, que no nos ha dado de qué avergonzarnos, y a pesar de esto, salir a decirle: “no te quiero” y “váyase al carajo”, cavilaba Israel. Como si uno se pudiera desenamorar de lo que lo vio nacer, crecer y batallar entre sus breñas. ¿Quién es tan dejado para no encariñarse con el lugar de todos los sacrificios y todas las esperanzas?
Abandonarla, se decía, salir corriendo por puro susto y por no perder la hilacha de vida, era de cobardes. Lárguese y no se haga sino la santa voluntad de ellos, producía tristeza porque la tierra era todo y lo que testimoniaba vida, presencia, identidad ante los demás.
Israel qué iba a distinguir entre los unos y los otros. Eran igualiticos los mandones esos. De ahí que el compadre Elías dijera que eso de la ley y del gobierno era del primero que llegara, sin mucha preguntadera y sin pedirle permiso a nadie. Que lo mejor era irse.
Entonces compadre, ¿tengo que matar aquí nomasito la briega del abuelo y de mi padre, ahogar la queridura por la tierrita de toda la vida, meterle candela a todos los recuerdos y salir corriendo en lo oscuro, cuando ella reclama mi propia osamenta? Pero si no soy nadie. Apenas tengo un nombre y no molesto al prójimo.
IV
Un día y otro día, los unos y los otros llegaron con su arrogancia analfabeta prendida de gestos y miradas. Ordenaron a Claudina que les preparara un buen sancocho. La paciente Claudina, con la que se topó un día en el camino al pueblo, que resultó dispuesta a todo, como toda mujer del campo que sabe que vive al día para no amanecer sin vacíos de ánimo en la esperanza de un mañana mejor, resolvió de una que Israel era su hombre, con una decisión sin temores.
Todo hubiera pasado con los unos y con otros por las buenas, pero se les dio que necesitaban unas vaquitas, más luego productos de sementeras y unas bestias de carga, fuera de las miradas solapadas y ganosas con las que acorralaban a su mujer. Uno, valga la verdad, se dijo Israel, se desprende de las cosas, aunque hagan lidia para conseguirlas, pero cuando se trata de estrujarle a uno sus sentimientos, de faltarle al respeto a lo que es la queridura, y se olfatea que las ganas se están cargando, aunque uno tenga la rabia sobrada para parar en la cabeza a quien sea, sabe que tiene que aguantárselas pues no es tan pendejo porque arma es arma y gavilla es gavilla. Pero sí es muy verraco esas miradas ganosas a la carnadura de uno, a la mujer que se quiere en la cama con ardores y regusto grandote como pa’morirse
V
Entonces, regresó el compadre con la cantaleta: Israel te has demorado mucho. Te estás exponiendo y exponiendo a tu mujer a no sabes qué malditas vainas.
Israel, otra vez, consideró bien verraco irse del lugar donde estaban clavadas las cruces de los viejos. Dejarlo todo, hasta las voces del abuelo y el padre que seguían escuchándose en el remolino del viento. Se revolvió en sus entrañas la indignación con ese miedo, el miedo que siempre estaba enviando punzadas por todo el cuerpo, para terminar en un escalofrío doloroso. Claro, el miedo pegado a la piel, caminando en puntillas por los nervios, dando zarpazos en la carne, tamborileando arrítmicamente en el corazón. Ese miedo que huele a sangre coagulada sofoca como dolor parturiento, embota los sentidos, se deshace en jirones y se desparrama como creciente de agua por toda la urdimbre nerviosa. Ese miedo rencoroso, ese miedo impotente Israel tozudamente se aferraba a lo suyo, a pesar de la cantaleta del compadre Elías. Con Claudina destilaba tristeza. De tanto resolver, llegaron a la certeza de que por qué tenían que irse cuando lo de uno es de uno y nadie puede decir que no es así. Nosotros somos la tierra y como ella no cambiamos de lugar, se dijeron a pesar de todas las presiones del compadre Elías, quien no les teme, a quien no amenazan y sabe todo lo que sucede en la región.
—¿Se puede tener alguna duda sobre lo que pretende con la upadera el compadre Elías? rezongó Claudina. –Mujer, ya todo está más claro que el agua.
La mujer se movió a atizar el fuego en el fogón de leña, en tanto balbuceaba, los ojos brillantes, sin dejar despeñar ni una lágrima: mijo, nos pueden matar, pero no pueden matar la tierra.
–¿Qué carajo podemos hacer?, aquí nacimos, aquí nos criamos y como los viejos aquí debemos morir –Sí Israel, así es. Además, ¿a dónde podríamos ir?
–¡Maldita sea!, a la muerte. En el corral el gallo, como en el pasaje bíblico, cantó tres veces.
Omar Morales Benítez

Autor invitado a la Antología de cuentos, posteris lumen moriturus edat, promovida por Asecauca capítulo Bogotá. Nació en Riosucio, Caldas. Abogado de la Universidad Externado de Colombia. Autor de varios libros, entre ellos: La gesta del arriero. Bajo la piel. Los ojos del viento. Pliego de peticiones. La propiedad horizontal. Coautor, con Beatriz Zuluaga, su esposa, del libro: Por los caminos de Caldas. Primer premio en Concurso Cuento caldense, mención de honor en II ertamen de literatura caldense y finalista en Concurso nacional de poesía Fernando Mejía. Columnista de diversos periódicos.
Descargar libro completo en: /Libros para compartir Posteris lumen moriturus edat Antología


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