Por: Jesús Helí Giraldo Giraldo

En el año 2027 la Universidad del Cauca cumplirá 200 años, tiempo en el cual la institución ha dejado huellas difíciles de superar en la historia de Colombia, en la educación y en la transformación del país.
Épocas gloriosas tuvo, en las cuales el legado de sabiduría de los antecesores como el sabio Francisco José de Caldas, Camilo Torres y otros próceres de la independencia que egresaron del Claustro Santo Domingo, continuó en la didáctica excepcional para formar los líderes, los estadistas y los científicos que han honrado el saber allí adquirido. Sumar diez y siete presidentes de la república, egresados de sus claustros, no es un dato sencillo y curioso, eso es trascender el ambiente local y proyectarse nacional e internacionalmente.

Ese es el liderazgo que la Universidad del Cauca debe continuar ejerciendo, proyectándose hacia su bicentenario y entregar, en estos años que nos faltan para llegar a esa celebración, todo lo máximo que pueda darse en materia de progreso, de ciencia, sobre todo, en materia de innovación, de cambio, emprendimiento y desarrollo para el país, con respeto y acogida del avance social y mejoramiento humano.
Colombia necesita de universidades como la nuestra, con suficientes raíces morales y éticas, cimiento que empodera, transforma y proyecta. Esto no lo puede desconocer nadie, el gran desempeño ético e integral de sus eminentes profesionales en todos los campos, dispersos por Colombia y el mundo, lo atestiguan.
Es muy fácil para una universidad situada en la capital donde los alumnos, en especial si es privada, pertenecen a la élite dominante, muchos de ellos, lo cual le permite estar cercana al poder, político, social y económico, trae muchos beneficios, situación muy diferente en las regiones lejanas al epicentro del poder. El hecho de ser una universidad de provincia en la cual no estudian los hijos de los dirigentes del país porque estos viven en Bogotá, en un país tan centralista como lo es Colombia, no ha influido para que la institución se haya visto amilanada, más bien ha dado ejemplo de grandeza en forma permanente.
La Universidad del Cauca tiene que proyectarse por encima de todos esos parámetros que han servido para medir el ranking de una institución universitaria, entre ellos la influencia política y el hecho, como decía antes, de tener en sus aulas a los hijos de los dirigentes del país y sus futuros sucesores, máxime en Colombia donde la clase política, en todos los sentidos, ha convertido los cargos en un privilegio tipo monárquico hereditario.
Entonces, para surgir de allá, de Popayán, donde se encuentra, le corresponde, a la Universidad del Cauca, mostrar mucha fortaleza representadas en la formación de sus profesionales. Para ello es importante emprender una formación basada en la ética, el trabajo en equipo y la inteligencia emocional para que los egresados tengan su propia marca y, que cualquier aspirante a ser un gran profesional, o tenerlo en su familia, de las más acrisoladas condiciones éticas sepa que la Universidad del Cauca se lo ofrece.
Yo veo en ello la mejor posibilidad que tiene nuestra Alma Máter, empezar a hacer una transformación desde la ética y el trabajo en equipo, obviamente, incluyendo también la innovación y la tecnología, fundamentales para alcanzar la eficacia. Incluso, insertarse en el desarrollo y el progreso regional compartiendo con todos los estamentos: industria, tecnología, gobiernos y comerciantes, con los gremios, con las organizaciones sociales, religiosas, culturales y campesinas, y con las instituciones afros e indígenas, para emprender un desarrollo tecnocientífico y humano, originado en las fuerzas regionales, identificándolas a todas en un propósito común.
“El que ha de morir deje su luz a la posteridad” debe ser el compromiso de todos, esta visión universitaria es la principal herramienta y, al hacer parte del adn unicaucano, los profesionales formados bajo esta consigna y paradigma ofrecerán la mejor forma de llegar fortalecidos al bicentenario.
JHGG
Bogotá, octubre 14 de 2020


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